En Las Meninas, Velázquez está cabalmente delante del espejo - es decir, de los reyes-; su espalda, por pura lógica, por pura ley de la reflexión, debería figurar dentro del espejo. Hasta se puede observar que él se ha separado muchísimo del cuadro que se supone pinta y, por lo tanto, se ha acercado también en exceso al terrible espejo... A las imágenes reales... con su espalda. Postura increíble, inimaginable si no fuese... pintada. Naturalmente, de la única forma que podía hacerlo.
El, que toda su vida cortesana había tenido que retroceder caminando de espaldas con toda reverencia. En Las Meninas le da la espalda a Felipe IV a perpetuidad, por los siglos de los siglos. Y a la vista de todos los contemporáneos contempladores del cuadro. Y a la vista de toda la corte y de los propios monarcas, presentes y venideros.
Si la imagen de Velázquez sólo hubiera aparecido en Las Meninas haciendo que pintaba, sin los reyes a su espalda, su gesto no hubiera pasado de ser un simple rasgo de vanidad del pintor de cámara, de orgullo, de altas pretensiones, como así piensan muchos de sus estudiosos. Pero pintó al rey y pintó a la reina y pintó su autorretrato delante de ellos.
Sólamente en la relación Velázquez-Felipe IV, se encierra el verdadero enigma, el interés profundo, el reto, la tensión del cuadro, pero tan soterrada que se hace difícil captarla, a no ser por la postura y la apostura del artista. Y la complicación de las perspectivas.
Recogido del libro "La espalda de Velázquez" de Milagros Heredero (propiedad intelectual M-009451/2005)
sábado, 17 de marzo de 2007
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